Julio César Mondragón, una luz para nosotros

 

Por Diana del Ángel.

Una cruz de claveles blancos y el retrato de Julio César marcan el eje imaginario que divide en dos su ofrenda este dos de noviembre. El altar está en medio del cuarto, las puertas están abiertas de par en par. En Tenancingo, Estado de México —se nos explica—la tradición es llevar a los muertos del año cera nueva; desde temprano los pobladores llevan entre sus manos gruesos cirios blancos para alumbrar el duelo por la muerte del joven normalista. Pero —nos aclara uno de sus tíos— antes de estar en la Normal de Ayotzinapa, Julio aguantó los propedéuticos de las normales de Tenería, muy cerca de la casa donde creció, y de Tiripetio, en Michoacán. Su anhelo por formarse como maestro lo llevó hasta Iguala, Guerrero. ¿Por qué alguien, teniendo otras oportunidades, se empeñaría tanto en aprender una profesión mal pagada y demeritada por el discurso oficial en los últimos años? Nos responden sus dos tíos normalistas que nos cuentan con esperanza y valentía sus andanzas como estudiantes y maestros rurales.

Las veladoras encendidas alumbran la fruta y los panes flanqueados por los dos pilares de rosas y alhelíes que limitan el altar. En el armonioso acomodo de una flor detrás de otra se advierte el amor de su viuda, de su madre, de su hermano; en el matiz amarillo y rosa, el dolor. Le lloró mucha gente —nos dicen— muchos vinieron a su velorio, muchos rezaron en sus rosarios, muchos son los que ahora ofrecen su cera nueva y se quedan un ratito frente a la ofrenda, lo suficiente para intercambiar unas palabras y recibir —como es la costumbre en Tenancingo— unas galletas y un trago mosquito, licor de frutas hecho en la región. La gente de los pueblos es muy solidaria —nos dicen— y Julio tenía algo: como que sabía dar consejos, quería enseñar a los niños. Aquí estuvo gente de verdad cabrona —escuchamos­— llorando porque no creían que Julio hubiera salido huyendo, porque él nunca daba la espalda a los otros.

Nuestra presencia fue esa tarde el pretexto para traer a Julio con palabras, con íntimos recuerdos. No sé bien con qué agradecer a esta familia que en pleno duelo nos ha abierto las puertas de su casa, nos ha dado de comer a manos llenas, nos ha contado sus historias, nos ha dado sus risas esa tarde. Es impagable el gesto silencioso con que su madre nos dio cinco corazones de galleta, para decirnos todo lo que nunca podrá escribirse sobre la pérdida de un hijo. Ni una vez estreché la mano de Julio César, pero esa tarde supe que era valiente por la resistencia de su herencia normalista; supe que amaba por la presencia de su niña y, por la ofrenda en medio del cuarto, supe de su generosidad hasta la muerte. Humanamente supe que no éramos tan distintos. Su ausencia fue la razón de nuestro viaje, de nuestros pasos en las calles, de la sucesión de estas palabras. Busco dar un sentido a la ausencia de su rostro, una luz que venga de la cera nueva ofrendada.

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