Pájaros en el tribunal: crónica de una diligencia a Iguala

Pájaros en el tribunal: crónica de una diligencia a Iguala

17 de agosto del 2015

Diana del Ángel

El Tribunal Superior de Justicia de Guerrero se encuentra alojado en un edificio largo y blanco, cuyo sistema de ventilación consiste en unas rendijas hechas con los mismos ladrillos que sostienen la construcción. Una pequeña bandada de pájaros nos recibe revoloteando en lo alto del techo. Allí viven y han puesto sus nidos. No puedo evitar pensar en la ironía de que las tórtolas y gorriones hayan escogido la antesala de los presos para formar su hogar.

Antes había dos juzgados, primero y segundo, pero hace poco, después de una huelga donde demandaban mejores condiciones laborales, desaparecieron uno. Ahora todos los casos se acumularon en el sobreviviente: una gran sala donde se han acomodado unos 6 u 8 escritorios. Mientras Sagrario Aparicio, la secretaria de acuerdos, le confirma a Sayuri Herrera, la abogada, que los expedientes (212, 214, 217 del 2014) del caso de Julio César Mondragón Fontes se encuentran en su mesa; mis ojos se pierden en las pilas y pilas de expedientes dispuestas en las mesas o en los pasillos del humilde tribunal.

Desde luego ni la familia ni la abogada fueron notificados del cambio de  mesa del expediente; ¡ni que fuera de su incumbencia! Los oficios al aire libre harían pensar en una escenificación extrema de la tan cacareada transparencia gubernamental, pero la razón es más inocua: no tienen archiveros para acomodarlos. Mientras la secretaria de acuerdos revisa si se puede ver el expediente de Julio, pues los magistrados de la tercera sala, lo están leyendo, Sayuri decide que es momento de iniciar las gestiones para la exhumación del cuerpo del normalista.

El juez nos recibe sin mayor dilación. También sin muchos reparos accede a la petición de que se realice una nueva necropsia al cuerpo de Julio, e incluso sugiere el procedimiento más rápido. Es un hombre humilde y parece estar interesado en que el Estado y el gobierno recuperen la credibilidad perdida. Tanto él como Sagrario miran a Sayuri con una extrañeza, que me preocupa, cuando ella menciona la necesidad de seguir el protocolo de exhumación. Sin embargo todo ha ido bien, y nos vamos de allí con la certeza de que, como dijo el padre Miguel Concha ¡Dios está con nosotros!

Siguiente parada: la Procuraduría Judicial de Guerrero, recién nombrada Fiscalía de Guerrero. Ahí queremos conseguir la bitácora fotográfica del perito que se encargó del levantamiento del cuerpo de Julio César. Sayuri me dice que las fotos que están en el expediente no sirven porque están impresas en blanco y negro. “A propósito  para que no se vea nada”, pienso. El encargado de servicios periciales tiene la cara de un adolescente,  y como tal reacciona cuando le decimos que se ve muy joven. “Su servidor lleva ocho años aquí”, nos dice muy ofendido. Luego de revisar minuciosamente el oficio, donde se solicitan todas las fotografías que el perito tomó el 27 de septiembre de 2014, nos dice que no puede darnos eso, pues ellos trabajan para el gobierno y no para particulares.  “Necesitamos que el oficio venga de parte de una autoridad”, sentencia y nos mira detrás de las micas de sus lentes negros.

Como muestra de buena voluntad, manda llamar al perito Vicente Díaz Román, quien fue el primero en levantar el cuerpo de Julio César, para que él nos diga si sí tiene más fotos o no. Porque, como en la Fiscalía no hay departamento de fotografía, en realidad el hecho de conservarlas o no depende del arbitrio, el morbo o la buena fe del perito. Vicente es un hombre viejo, casi llega a los sesenta años, tiene 34 trabajando en el servicio pericial, su cabello entrecano pronto igualará la tonalidad de su camisa y zapatos blancos.

Nos dice que sí, que él lo fue a recoger, que le avisaron de la coordinación y que de allí se fue a donde estaba el cuerpo en el Camino del andariego, que es un camino de terracería. Que ya desde allí  empezó el levantamiento, que lo subieron a una camioneta y que luego  lo llevaron a la SEMEFO de Iguala. Ya de allí  él no supo más. En efecto, nos dice, tomó más fotos aparte de las cinco que constan en el expediente. Que habrán sido como unas veinte y ya de allí escogió las que se veían mejores. Nosotros queremos todas, pues, a casi un año del asesinato de Julio tal vez esas fotografías sean las únicas en tener los indicios para determinar los detalles de su tortura y muerte.

Sayuri le pregunta por qué las puso en blanco y negro, pues los protocolos periciales indican que deben ser a color. “Porque no nos dan tóner de color”, nos dice el viejo perito. Las fotos las tomo con mi cámara, y exhibe una cámara digital más o menos común y corriente. “Aquí están las fotos, aquí están las fotos”, nos dice mientras agita en su mano una USB negra, le sopla —pienso inevitablemente en un sortilegio— la vuelve a meter en el cajón de su escritorio, que ocupa casi la totalidad del cuarto de 2 por 2 metros, en que nos ha recibido. Le preguntamos sobre su experiencia al enfrentarse a tal espectáculo: un rostro desollado. “Uno ve muchas cosas”, nos dice. No es el primer desollado que le toca. Nos vamos de allí con la esperanza de que alguna de esas fotografías contenga algo más de lo que está en el informe y que pueda darnos indicios de cuál fue el instrumento con el que se infringió tal tortura al cuerpo de Julio.

Un piso abajo nos toca lidiar con uno de esas personas, cuyo complejo de inferioridad es tal que, a la menor sensación de poder, aprovechan la oportunidad para descargar en sus subalternos algo de lo que los atormenta por dentro. En México, gracias a esa antigua tradición del machismo, la primera señal de poder que experimenta un hombre de poca valía es el pene. Ejemplo de ello es el actual MP de la Fiscalía de Iguala, Hermenegildo Morales Contreras, quien en los cinco minutos que estuvimos en su oficina regañó a dos de sus trabajadores, a uno lo llamó chango y a otro bruto. Aunque, incapaz de verbalizar su disgusto porque el oficio estuviera dirigido al antiguo MP de Iguala, hay que reconocer su pertinaz uso de la repetición, figura retórica que, al parecer constituye, todo armamento discursivo. En los minutos que estuvimos frente a él no dejó de enfatizar que él ya no tenía el expediente y que entonces no podía darnos las fotos, porque pues el expediente ya no estaba con ellos y entonces no tenían nada que darnos, porque el expediente se lo llevaron a otro lado y entonces allí ya no tenían nada, porque él ya no tenía el expediente y entonces ya lo que pedíamos estaba en otro lado. Una joya, pues.

Sayuri desistió de explicarle todo lo relativo al proceso pericial y nuestro objetivo en la Fiscalía. Pues el hombre en su infinita capacidad de acción era capaz de pedirle a Vicente, a quien desde luego ya había llamado para hacernos saber que allí él podía regañar a quien quisiera, la USB y nomás porque sí, por su pene (no sé si con ayuda de él) destruirla o hacerla perdediza. En fin, acabamos por retirar el escrito para que el hombre pequeño ya no recordara el asunto y fuimos con Vicente a pedirle que hiciera una copia de la USB. Él nos dijo muy enfático que a nadie le daba esas imágenes, sólo con el documento oficial. Nos vamos de allí, pidiendo que realmente Dios esté con nosotros y podamos tener pronto esa memoria.  

Próxima parada: SEMEFO de Iguala. Las otras fotografías en las cuales teníamos esperanza eran las que, presumiblemente, debió hacer tomado el médico forense, Carlos Alatorre, autor de la necropsia donde se afirma que los agentes del desollamiento de çJulio fueron elementos de la fauna del lugar. Nada más entrar a un cuarto con paredes y piso de mármol nos sorprendimos, pues no tenía nada que ver con el resto de las construcciones en las que habíamos estado en ese día. Un vigilante nos informa que esas instalaciones son de  Funeraria El Ángel. Como el gobierno no tiene recursos suficientes, la empressa presta sus instalaciones para la SEMEFO y a cambio todos los muertos de Iguala tienen como primera opción esos servicios funerarios.

Un empleado de la SEMEFO, a quien interceptamos cuando está por llevar algunos exámenes forenses al MP, nos dice que el médico Alatorre trabaja solo los sábados y domingos; el resto de la semana da consultas en un ISSTE. No sabe si él querrá hablar con nosotros, pero va a intentar contactarlo. Él se ha fijado que no acostumbra tomar fotografías, aunque el empleado lo ha visto con una cámara. Es que ya están viejitos los médicos, nos dice, luego yo les tengo que ayudar a descargar sus archivos para que puedan imprimirlos. Si Julio hubiera sido asesinado entre semana seguro sí habría fotos. Claro, es que si hasta Dios descansó un día, porqué un perito no va a hacerlo.

El señor Juan queda muy amable de contactar al médico Alatorre para ver la posibilidad de entrevistarnos con él. Para que nos diga, de voz propia, que no tomó fotografías del cuerpo de Julio y para preguntarle por qué no lo hizo. ¿Acaso no le pareció importante? ¿Es que son tantos desollados que uno más qué más da? ¿O de plano ese día no llevaba cámara? ¿O las tomó pero se le olvidó ponerlas en el informe? Total eso de que una imagen vale más que mil palabras, no es lo suyo. A saber, seguro tendrá una razón groseramente jocosa.

Los comentarios están cerrados.