Julio César Mondragón Fontes

JCMF

Julio César no sabía quedarse callado, era franco y directo al decir las cosas, en eso no se andaba con medias tintas, si algo no le gustaba lo decía sin más. Julio era un joven lleno de posibilidades, lleno de cosas por ser y hacer. Julio no era guerrillero, tampoco tenía un plan político para derrocar al gobierno en turno, ni proponía la desobediencia civil como forma de acción. Como buena parte de los mexicanos no creía en los partidos políticos y aunque pudo haber participado en las elecciones nunca quiso votar. Como a casi cualquier persona, no le gustaba la pobreza, ni le gustaba que su familia sufriera por no tener dinero. Como casi todo hijo hacía muchas cosas pensando en apoyar a su madre, que sola los educó a él y a su hermano.

Sus entradas y salidas en diferentes escuelas obedecieron no a una falta de constancia en los estudios, sino a que siempre estaba buscando el lugar menos costoso. Se salió del Tecnológico de Villaguerrero porque allí la colegiatura costaba, en ese entonces cuatro mil pesos; mientras que en una normal rural el costo era mínimo, tenía derecho a una vivienda y a la comida. Por eso, y porque le hubiera gustado enseñar sus ideas a los niños se inscribió en la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa.

A lo largo de su vida tuvo varios trabajos, con ninguno se hizo rico. Apenas le alcanzaba para ahorrar y darse los pequeños lujos que cualquier joven desea: un celular, una playera, unos tenis buenos. Además del campo, trabajó acarreando leña, cortando flor en su natal Tenancingo, como dependiente en un Oxxo, como guardia de seguridad privada en una empresa particular, también trabajó un tiempo en la construcción del penal de Tenango. Su plan de vida se resumía en esa vieja conseja popular que, de uno u otro modo, todos buscamos aplicar en nuestras vidas: salir adelante. Sólo quería tener trabajo para juntar dinero y comprar un auto para que lo usara Marissa, su esposa, quien daba clases en los extremos de la Ciudad de México. Una de las últimas experiencias con su hermano fue la de aprender a conducir un carrito que Lenin se había comprado. Sus planes a futuro incluían dedicarse a su familia, a tener otros dos hijos, a ser maestro como su esposa, a cuidar de ella y de su bebé.

Julio era un joven enamorado. En las palabras que dedica a su joven esposa se lee el candor y la pasión de alguien que ha encontrado el amor por primera vez y que ve su realización hecha carne en una bebé de apenas tres kilos y grandes ojos. Julio creía en Dios y se había reconciliado con él. Siempre traía consigo un cuaderno y sus amigos dicen que se la pasaba escribiendo. No sabemos cuánto pensaba en los problemas que aquejan a nuestro país, lo más probable es que su pensamiento se centrara, como en la mayoría de nosotros, a desear con toda el alma que el peligro de la guerra no toque a nuestros seres queridos.

Aunque no le gustaba que hubiera pobres, pensaba sobre todo en cuidar a su familia. Tal vez el 2 de octubre de 2014 hubiera sido su primera marcha en la Ciudad de México. Julio había rechazado el honor de ser jefe de grupo, porque su prioridad era cuidar de su hija. En ese sentido, Julio era un joven cualquiera, tan común como los que pasean por las calles con ánimos de de llegar a ver a su madre para hacerle unas bromas, o de ver su hermano para tomar cervezas o de abrazar a su amor Marissa. Aunque, había pensado cursar un semestre en Ayotzinapa y luego cambiarse a Tenería o a la Benemérita para estar más cerca de su pequeña familia; también hablaba de su deseo por pertenecer al Comité de Estudiantes de la normal, para cambiar algunas de las cosas del normalismo con las que no estaba de acuerdo.

A Julio le gustaba oír hip hop, mirar al pájaro carpintero golpear su pico contra los árboles y ver telenovelas junto a su esposa, le gustaba jugar al frontón y comer manzanas rojas, quería que su mamá le hiciera postres y que su esposa le sonriera sólo a él, le gustaban las tortillas recién salidas del comal, Julio se tomaba la barbilla con la mano y bromeaba con sus amigos, el rojo era su color favorito, le gustaba usar gorras y por encima de todo le gustaba correr y caminar por los montes. Sin embargo esas cosas no importan en la guerra. No importa si tienes un plan para acabar con el sistema, no importa si tu sueño más viejo es hacer la revolución o acabar de hacer la casa de tu madre, no importa si eres periodista o aprendiz de maestro, no importa si has leído sobre el capitalismo o escuchas a Breiky. Basta con ser solamente humano, porque eso es lo que la guerra odia, lo que busca exterminar. Y Julio era un ser humano: lleno de emociones por la vida, ansioso por seguir vivo; era enojón e impulsivo, seguramente cometió errores y dijo cosas de las que se arrepentiría, como cualquiera de nosotros, si supiera que su muerte estaba tan cerca. Julio era un hijo devoto, un hermano cuidadoso, un esposo enamorado, un padre protector, un amigo fraterno, un estudiante ilusionado, un ser humano que bajó —por ¿curiosidad? ¿solidaridad?, ponga usted el sustantivo que quiera, ninguno justifica lo que pasó después— del camión a preguntar por qué les disparaban. Y el gesto simbólico de Julio, al dar la cara por sus compañeros, se volvió horrorosamente literal, por la mano cruel de unos cobardes, todavía impunes.

Emprender el relato de la vida de cualquier ser humano es algo complejo, de entrada hay que resignarse a la incompletud, pues de ninguna manera se puede comprender la humanidad de otro. Ciertos de esta imposibilidad hemos dejado que las voces de quienes lo amaron en vida y sufrieron con su muerte nos cuenten cómo era el rostro íntimo de Julio.

A todos los familiares y amigos de Julio agradecemos por abrirnos su corazón, por su generosidad al compartir los amados recuerdos, por brindarnos la confianza, cualquier acierto hallado en las páginas siguientes pertenece sólo a ellos.

Escuchar a Lenin y Cuitláhuac Mondragón

Los comentarios están cerrados.