Habla la belleza que parió

 

Afrodita

A veces me duele el cuello, como si anduviera cargando el mundo. No quisiera contarte nada de mi muchacho, porque ahora que no está esa es la única manera del recuerdo. Tenía diecinueve años; fue mi primer bebé, pesó tres kilos, era gordito, su cabello quebradito, lloroncito. Pero era un bebé muy sano, me dijeron que lo pusiera al sol, para que tomara la vitamina. Era muy apegado a mí, apenas se daba cuenta de que me salía de la casa y soltaba como un lloridito. Ni para ir al mandado me dejaba. Lo tenía que llevar, pero era muy tranquilo, no pedía cosas, era muy entendidito. Yo lo cargaba hasta que se quedaba dormido, lo envolvía en su cobertor preferido para que descansara. Al año ocho meses empezó a caminar, me gustaba verlo todo pequeño descubriendo el mundo, agarrando y tirando las cosas que había en la casa. Era curioso desde chiquito. Se preocupaba por su hermanito.

Yo vendía pan en Mexicaltzingo y él me acompañaba. Desde niño tenía ángel. Cuando tenía como seis años, me ayudaba a atender un puesto de calaveritas de chocolate y como se le hacía que 1.50 era mucho, las vendía a 1.00, porque decía que así la gente sí iba a poder comprarlas. Y a mí me dejaba con la boca abierta y con el bolsillo medio vacío, pero me daba ternura que fuera así. Luego ya cuando tuve a mi otro hijo, me los llevaba a los dos a vender elotes, es que siempre he sido vendedora, y se quedaban sentaditos sin darme lata. Entonces la gente pasaba y les hacía cariños; a veces las niñas más grandes se los llevaban a jugar mientras a mí se me acababa la olla.

Un tiempo mi trabajo era cubrir interinatos en distintas escuelas del Estado de México, por Sultepec, pero me dolía mucho dejar a mis hijos. Julio era el que más me preocupaba, porque era el que lloraba más. Entonces pensé que lo mejor era estar con ellos, aunque no tuviéramos mucho dinero. Dejé ese trabajo y me puse a vender cosas, siempre me ha gustado trabajar. Le puse Julio César porque mi hermano me dijo que era el nombre de un emperador que había sido el primer reformista. Me gustó como sonaba y así se llamó, mi muchacho, era el mayor.

Al principio le costó trabajo la escuela, no daba una con las vocales. Entonces su tío le ayudó. Se lo llevó a una escuela donde él era maestro y allí le enseñó a leer y escribir, lo básico pues. En ese tiempo sólo lo veía los fines de semana, pero al año siguiente volvió. Entonces ya no vivíamos en Mexicaltzingo, sino aquí en casa de mis papás: Tecomatlán, Estado de México.

Los comentarios están cerrados.