Habla el de los juegos compartidos

Julio le tenía miedo a las víboras, aunque fueran cincoates, de las que no hacen nada. Pero yo no. Una vez encontramos una viborita y otra de cascabel; yo las agarré con una horqueta las metimos en una botella y las echamos a pelear. Ganó la víbora fina, la que tiene veneno. Como las trajimos a la casa, mi tía se espantó y mi abuelito nos dio unos cinturonazos. Es que si hacíamos muchas travesuras. Una vez también espantamos el nido de los jicotes, que son como unas abejitas que hacen sus nidos en la pared, les echábamos agua y como se molestaban se echaban a volar. Otras veces quemábamos ramas o pedazos de papel y el humo las molestaba. Así andábamos de un lado a otro, que volando papalotes, jugando a las escondidas, a la pelota.

Hubo una vez que andábamos en el techo de la casa vieja, volando un papalote y de que corríamos encima, una parte se vino abajo y Julio cayó encima de la cazuela del mole y se le rompió una oreja. Pensamos que nos iban a pegar, pero mi abuelita no nos decía nada. A Julio lo molestaban en la escuela, pero cuando yo entré me tocó defenderlo en algunas ocasiones, luego ya no le decían nada.

Mi abuelito fue el que nos enseñó a hacer la milpa. Nos íbamos con él, caminando por el monte y le ayudábamos a desyerbar. A Julio le gustaba el trabajo de campo. De ida y de venida, aprovechábamos para recoger hongos, de los buenos, xicales, tintas o panzas; cuando no sabíamos si era bueno o loco, le preguntábamos a mi abuelito y él nos decía cuál y cuál. Yo siempre he visto a mi abuelito como mi papá, él es el que ha dado la cara por nosotros.

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