Habla su amigo, el de los montes

Lo empecé a conocer por el frontón, yo tenía como 14 años. Él ya era más grande, tendría como unos 18 o 19 años. Un día él fue a pelotear y le dije que si quería jugar y me dijo que sí, y ya empezamos a platicar. Luego fuimos a pescar al Bordo, yo tenía unas bicis y nos fuimos para allá. No le importaba que nos tardáramos días caminando, porque al él le gustaba caminar. Una vez fuimos a Ixtapan de la Sal a jugar frontón, no llevábamos mucho dinero. Y él me dijo que teníamos que comer, aunque luego ya nos fuéramos caminando. Luego ya lo vi con los platos de comida, pus porque ya se había gastado todo el dinero, todavía nos echamos otros cuatro partidos de frontón, pero yo pensé que él estaba diciendo de broma eso de que nos íbamos a ir caminando, pero cuando ya llevábamos unos cuantos kilómetros, me dije, no pues si era en serio. Y ya llevábamos como cuatro horas caminando, porque empezamos a caminar como al medio día, cuando vimos una botella de agua en la carretera. Y él dijo, pus yo he estado en muchos propedéuticos, a lo mejor esto nos salva la vida. Y nos tomamos cada quien la mitad del agua, pero quien sabe qué tenía, que nos hizo como alucinar. Ya andábamos viendo borroso, y las piedras en la carretera como que brillaban. Yo le decía Julio, ya hay que pedir limosna, y él me decía no, todavía aguantamos. Vente, vamos a cruzarnos por esta barranca, a lo mejor encontramos un río. La cruzamos, y luego otra y otra y nada, no encontramos nada. En eso, pasó un camión de esos que llevan varilla y le pedimos un rait y nos dijo que sí y nos llevó hasta Villaguerrero. Ya de allí nos venimos caminando hasta Teco, llegamos como a las 11 o 12 de la noche.

Éramos inseparables. Luego también cuando tenía problemas con su mamá, pues me decía que no quería ir a su casa a comer y yo le decía no te preocupes, vente a mi casa. Y ya yo me ponía a cocinar, le hacía huevos o arroz, le gustaba arrimarse al fogón para poder sacar las tortillas y comérselas con sal; las hacía bolita, cuando acababan de salir del comal. Luego otras veces, nos íbamos por la vereda de la Peña blanca, por el terreno de su abuelito y nos llevábamos unas hachísimas para cortar madera y le dábamos duro, pero pues nos dimos cuenta de que nos salían ampollas. Luego vimos unos encinitos y él me dijo, no es por nada, pero yo si me cargo uno de esos y se puso a tirarlo. Luego ya no lo podíamos cargar, porque había chupado mucha agua de las lluvias. Y ni entre los dos podíamos cargarlo. Entonces Julio dijo, vamos por mi carnal, porque entre los dos no vamos a poder.

Luego otro día me dijo, oye, ¿te acuerdas de la caminata esa? Y yo le dije que sí, y me dijo, ‘amos a echarnos otra, y yo le dije bueno. Y se metió a su casa y trajo una bolsa de mangos y ya agarramos por el camino de San Simonito. Allí me invitó una cerveza y una sopa maruchan. Luego ya le seguimos. Anduvimos por el monte. Él era buena gente, pero tenía un carácter como enojón.

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