Hablan los caminos del monte

Pues Julio tenía pegue con las muchachas. Después de Tenería, quién sabe qué le pasó. Antes apenas les hacía caso y ya luego sabía cómo hablarles y qué decirles. Una vez me enseñó una lista y había muchos nombres de mujer. Pero cuando conoció a Marissa fue muy distinto. Me contaba mucho de ella. De que le compraba muchos panes. Que iba a la tienda y se comía unos ocho o cinco panes de colores. Una vez subimos al Cristo Rey, en la punta del cerro y en eso le llamó Marissa y él le dijo que estaba en el Tec, que se iba a meter a clase, pero estábamos en el Cristo. Decía que nunca había conocido a nadie como ella. Que lo apoyara tanto. Por eso ya dejó de andar con muchas chavas.

Decía que ya nomás con ella iba a estar, porque ella no se merecía nada malo. Entonces ya solo se la pasaba hablando de ella, de cuando la había visto o de cuando la iba a ver. Como a veces no tenía dinero para el pasaje, me hablaba para que fuéramos al monte a cortar leña y luego la vendíamos entre la gente. Así pagaba lo del boleto para México. Luego ya se fue a vivir con ella y entonces dejé de verlo. La última vez que lo vi fue cuando pasó por aquí antes de irse a Ayotzi. Yo lo invité a cenar a mi casa y allí estuvimos con su hermano, el Enano y el Jairo. Él se puso a calentar los frijoles y nos sirvió a todos. Estaba calentando las tortillas. También comimos unos chiles habaneros asados. Julio se los comía enteros a mordidas, así sin tortillas ni nada.

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