La noche de Iguala

Mucho más que de otras cosas de esa noche solo quedan los fragmentos. Julio estaba sentado en el costado derecho del primer autobús. De ahí se bajo, junto con el resto de sus compañeros cuando la policía comenzó a dispararles. Después del primer ataque, Julio todavía estaba con vida. Uno de los estudiantes sobrevivientes dice que después de que le dispararon a Aldo Gutiérrez vio a Julio, a quien le llamaban el Chilango, porque pensaban que venía del Distrito Federal.

Cuando eran como las once de la noche, mientras la policía los atacaba Aldo estaba el suelo agonizando, Julio les dijo a sus compañeros que había grabado varios videos de cómo los atacaban con un teléfono.

Alrededor de las 12:30, pasada la media noche, Julio todavía estaba con sus compañeros que estaban hablando con los pocos medios de comunicación que había llegado al lugar. Estaban en la esquina de Juan N. Álvarez y Periférico de Iguala. Fue entonces cuando empezó, como un trueno, el segundo ataque. Entonces, los muchachos se echaron a correr. Julio iba con ellos. En esa esquina quedaron los cuerpos de Julio César Ramírez Nava y de Daniel Gallardo Solis.

En algún momento, Julio se comunicó con Marissa, su esposa, y le dijo que la policía les estaba disparando. Ella le dijo que se fuera de allí, que se cuidara mucho, que pensara en su hija, que pensara en ellas. Él le respondió que no podía, que no podía dejar a sus compañeros. Esa conversación fue la última que tuvo con su esposa, aunque ninguno de los dos lo sabía. Después de eso, estuvo corriendo junto con sus demás compañeros, intentando esquivar las balas, porque para ese momento ya tenían claro que los policías estaban tirando a matar, como habían hecho con su tocayo Julio César y con Daniel.

Uno de sus compañeros cuenta que durante su huida se escondieron en una casa donde les habían abierto las puertas. Dice que le dijeron a Julio que se escondiera con ellos, pero él dijo que no, que mejor iba a seguir corriendo. Al parecer se fue por donde minutos antes había pasado una camioneta con encapuchados, que probablemente fuera la que había participado antes en el segundo ataque a los estudiantes. El mismo compañero dice que lo vieron irse. Tal vez en ese momento Julio estuviera pensado en las palabras de Marissa, tal vez estaba pensando en su pequeña familia, en su ratoncita, tal vez, aunque le había dicho que no iba a irse, en ese momentos sólo estaba pensando en correr hasta encontrarse con ellas; pero también es probable que haya salido a buscar a más de sus compañeros para llevarlos al refugio que habían encontrado.

Su compañero cuenta que al poco rato que vieron partir a Julio, escucharon gritos como cuando agarran a una persona. “¡Suélteme! ¡Déjeme!”, y pues pensaron que habían agarrado a un compa. Pero a ciencia cierta no saben a quién.

Otros de sus compañeros han contado que vieron cómo se llevaban a Julio, y por encima de la arbitrariedad del acto, de la represión del Estado, de la sinrazón de todo lo que les estaba sucediendo esa noche, resaltan el hecho de que Julio tuvo la valentía de escupirle en la cara al agresor.

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