Exhumación primera día: cámara 6

Diana del Ángel

Entonces todos los hombres de la tierra

le rodearon; les vio el cadáver triste, emocionado;

incorporóse lentamente,

abrazó al primer hombre; echóse a andar…”

César Vallejo


—“Ya vamos a empezar”, dice la jueza de Tenancingo, que ha diligenciado la exhumación del cuerpo de Julio César Mondragón Fontes. Debajo de la carpa blanca, proporcionada por los peritos argentinos y montada una media hora antes, los rascadores comienzan la labor de ir hacia el pasado. Lo que queremos es llegar a la verdad de la noche del 26 de septiembre de 2014.

 Para ello han sido necesarias muchas idas y vueltas a Iguala, a Tenancingo y a Toluca, hemos echado mano de una paciencia incansable para emprender nuevas promociones ante las instancias burocráticas y, finalmente, hemos llegado a este día.

La prensa oportunista, atraída por el morbo de la nota, llegó desde temprano; por desgracia no se han interesado en llevar registro de todas las arbitrariedades y las negligencias que nos han traído a esta instancia, ni de los incumplimientos por parte de la procuradora —sobre no revelar la fecha de la exhumación— y de Enrique Peña Nieto —a quien se entregó un CD con las fotografías tomadas por el perito Vicente Díaz Román, que hasta la fecha no están en poder de los peritos de la PGR, porque no se ha girado el oficio correspondiente.

Este miércoles 4, el panteón todavía está vestido de dos de noviembre: nardos, cempasúchitl y azucenas lo adornan. El sol pega a plomo en nuestras cabezas, alrededor de la carpa hay un cerco de policías de todo tipo: ministeriales, estatales y federales. Lo primero es quitar la cruz de piedra, puesta apenas hace poco más de un mes con motivo del cabo de año. Luego quitan la de metal, recuerdo de su hijita y de su viuda. Se oye el primer golpe de la pala contra la tierra, a partir de este momento sólo se escuchará ese golpeteo como si fuera un bajo continuo, interrumpido a veces por la voz chillante de la jueza que ordena no tomar fotografías, mantenerse todos detrás del cerco o que no se haga nada sin su presencia. En el primer cerco, están la jueza y sus dos secretarios de acuerdos, la abogada, la viuda, y los 22 peritos que ejecutarán los exámenes periciales de esta segunda necropsia: siete pertenecen al EAAF (Equipo Argentino de Antropología Forense), siete son de la PGR y cuatro, vienen por parte de la defensa de los policías —por ironía simétrica, también 22—imputados por el homicidio de Julio César. También se encuentra personal de sanidad, de fumigación y otros funcionarios federales, estatales y municipales.

En poco tiempo, junto al hueco en que se va convirtiendo la tumba de Julio, se forma un montón de tierra que ya alcanza la altura de la barda que rodea el panteón. No pareciera  que en ese espacio pequeño haya cabido toda esta tierra que ahora tiene la altura de la barda que rodea el panteón. Lo primero en encontrarse es una pequeña caja de madera, que tiene la forma de un ataúd. “Allí está la sombra”, se oye que dicen. Luego agregan que lo que queda de la cera, los pétalos que caen de las flores y la cal que forma la cruz en los velorios es la sombra del difunto; todo eso se guarda en una caja y se entierra junto con la persona. Así, lo primero en salir es la sombra de Julio, que rápidamente es medida y abierta para verificar que sólo sea eso.

Una bota hunde el filo de la pala contra la tierra para ir sacando poco a poco, lo que para el cuerpo de Julio es el oloroso cielo de la tierra mojada; una palada tras otra, finalmente se llega a la losa que cubre el féretro. Entonces el trabajo se intensifica para los rascadores que ahora tienen que romper la losa de concreto. Lascas de piedra saltan desde el punto central, luego piedra a piedra se deconstruye (perdone lo posmoderno) no sólo la losa, sino también la primera sepultura de Julio;  una sepultura hecha en medio del dolor, con apresuramiento y con miedo de que el cuerpo les fuera robado.

El desgaste físico es para los rascadores, y el desgaste emocional para los familiares que ahora están desenterrando en sus recuerdos esos últimos días de septiembre hasta el 1 de octubre en que Julio fue sepultado. La madre de Julio se distrae preparando y obsequiando a todos los presentes con pan, chocolate y agua de limón. No puedo dejar de pensar que a Julio le gustaba cómo cocinaba su mamá, tampoco dejo de pensar que preparar alimentos es una bella manera de enfrentar los duelos. Marisa no ha dejado de estar atenta a todo lo que hacen sepultureros y peritos; aunque se ve tranquila no puedo imaginar el dolor que va sintiendo en sus entrañas. Los demás tratamos de acompañar de la mejor manera.

Con mucha maña y algunos lazos logran sacar el féretro. Será necesario abrirlo para que las autoridades pertinentes y los familiares constaten que ahí dentro hay un cadáver. Se toman las medidas necesarias: que todos tengan tapabocas, que sólo estén presentes los familiares, que se cumplan los protocolos. El féretro es azul con adornos plateados, por el paso del tiempo se ha oxidado un poco y en los bordes se ha quedado algo de tierra. Lo primero es limpiarlo, pero no con agua pues se podría filtrar algo de líquido y eso dañaría la evidencia. Más vale usar unos cuantos cepillos y toallas higiénicas. Después de asegurarse de que todo está en orden, se procede a abrir la caja. Solo se oye el chirrido de la tapa, separándose un borde del otro como si de un párpado se tratara, y el cuerpo de Julio queda al descubierto mirándonos desde la lejana e inolvidable noche del 26 de septiembre. Las vestiduras blancas del féretro se hallan un poco manchadas de óxido y polvo; la cabeza vendada de Julio descansa sobre su lado derecho, a un costado la figura del niño Dios. El escapulario sobre su pecho es el camino que nos guía hacia donde todavía se distinguen sus manos enlazadas, sujetando unas velas y un rosario; más abajo se distinguen los zapatos color café, que eran sus favoritos pues eran regalo de su joven esposa. “Los cuidaba mucho”, recuerda ella. Por pequeños grupos pasan los familiares: tíos, primos, sobrinos, suegros, cuñada, esposa y se enfrentan al cuerpo de Julio. 

Luego de un intento fallido de caravana hacia la Ciudad de México —cada quien llegó como pudo, y la policía, ¡muy bien, gracias…!— entramos a la Coordinación de Servicios Periciales y acompañamos a la familia en la última parte del proceso de este primer día, es decir, colocar el féretro en el refrigerador, dentro de la cámara 6, con los sellos debidos.

Su cuerpo ha sido sacado de donde estaba enterrado, hemos vuelto a revivir lo que querían que fuera olvidado, hemos traído de vuelta las pruebas de lo  que el gobierno mexicano no quiere reconocer: tortura, crimen de lesa humanidad perpetrada por el Estado. Hoy hemos hecho lo que las autoridades no quieren que hagamos: desenterrar el pasado, desobedecer al olvido, desarticular su falso discurso; hoy hemos traído a la tierra de los vivos a nuestro Julio, para que nos diga la verdad de su muerte, de su tortura, de lo que pasó esa noche en Iguala.

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