Y se me vinieron muchas imágenes

A la memoria de Julio César Mondragón Fontes

Entre el clamor,
la ira y la esperanza
en las cordilleras de este estado bravío
avanza la fuerza indómita
de quienes nos negamos a llorar en silencio
y a doblegarnos ante un poder decrépito.

Quisieron enterrarnos, pero no sabían que éramos semilla.

¿Qué más decir cuando todo lo que importa ya se ha dicho durante los últimos 16 meses? Mejor recopilar lo afirmado por quienes han puesto la cara, que la han puesto valerosamente para formar el rostro de Julio César, símbolo ya de la lucha por una sociedad justa y libre, más allá de la mezquina frontera de una nación moribunda.

Julio César era, según los relatos de quienes lo conocieron y convivieron con él, un joven amante de la escritura y la filosofía, platicador y creativo. En su habitación todavía queda su ejemplar del “Lobo Estepario”, fotos y figuras de papiroflexia que le gustaba hacer. Julio tenía liderazgo, tenía carácter fuerte, don de convencimiento. Cuando hablaba, te daban ganas de seguir luchando. Se apasionaba con la lucha. Muchas veces los líderes nos acobardamos a la hora de tomar decisiones, pero cuando él hablaba, te prendía, te contagiaba esa pasión. Hablaba de unidad, de lealtad, de que los líderes no se vendieran. Tenía una voz imponente, pero no era agresivo, tenía un tono que no era gritón, sino que el tono iba con sentimiento. Sabía liderear a sus compañeros. Le gustaba leer, se sabía las historias del Che Guevara, de Lenin, de los de la Normal. No tenía vicios. Quería ser maestro “para compartirle mis ideas a los niños”. Cuando le quitaron la vida, Julio era el amoroso padre de Melissa, una bebita de apenas 2 meses de edad. Sus compañeros han contado que vieron cómo se llevaban a Julio y resaltan el hecho de que Julio tuvo la valentía de escupirle en la cara al agresor.

Un candidato perfecto para ser perseguido y condenado por el régimen social que padecemos. Pero ¿Por qué condena a muerte el poder a jóvenes que aspiran a servir a los más desprotegidos? Pues por la guerra; pero dicho así, de sopetón, puede entenderse mal. Veamos:

Es terrible y maravilloso se escuchó desde el Sureste que los pobres que aspiran a ser maestros se hayan convertido en los mejores profesores, con la fuerza de su dolor convertido en rabia digna, para que México y el mundo despierten y pregunten y cuestionen.

Desde el principio de su ofensiva después del terrible ataque recibido, esos ya maestros graduados en el fragor de la guerra tuvieron la claridad de afirmar ¡fue el Estado! No dijeron “fue el gobierno”, aunque es evidente que lo fue desde la federación hasta el municipio, no. El criminal es también el gobierno, pero el paquete es más grande: El Estado capitalista es el espacio público organizado a favor de ricos y poderosos; su representación y administración es responsabilidad de lo que genéricamente llamamos ‘gobierno’. Pero reducir en los hechos al Estado a instancias y estructuras gubernamentales oculta el hecho de que está constituido por todas las instancias que favorecen al poder, como los medios de (des)información masiva, las centrales patronales, las escuelas, los sindicatos charros y demás instituciones que mantienen, fomentan y ocultan la desigualdad. Hoy, el estado mexicano está formado por la fusión de las empresas transnacionales, las mafias, los partidos políticos, el gobierno todo y las organizaciones paramilitares. No es que el sistema político tenga relaciones con el crimen organizado, con el narcotráfico, con los acosos, las agresiones, las violaciones, los golpes, las cárceles, las desapariciones, los asesinatos, sino que todo esto ya es parte de la esencia del Estado.

Este Estado comete atrocidades de acuerdo con la lógica del capitalismo salvaje, centrado en posibilitar ganancias descomunales a velocidades de vértigo, al margen de cualquier escrúpulo o consideración relativa a la dignidad humana, los derechos laborales, los intereses nacionales y la situación de los ecosistemas. Destruir, matar y defraudar a la nación, con tal de generar rendimientos abultados y acumular riquezas… en definitiva: llevar la lógica capitalista a sus últimos extremos. Lo de Ayotzinapa evidencia – a título de muestra, no de caso único – que el dominio criminal llega al terrorismo, por medio del asesinato puro y duro, además de otras atrocidades – como la de desollar el rostro de uno de los normalistas – en medio de la indistinción entre las fuerzas públicas legales y las del crimen organizado.

El proyecto del Estado si se puede hablar de proyecto es desmontar al país y el equipo político está siendo el operador para que las multinacionales, los grandes prestamistas como el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, vengan a hacer negocios con los mexicanos. La violencia es un instrumento que el Estado tiene en sus manos para que los mexicanos estemos siempre contra la pared y no podamos defendernos de toda la barbarie que en su estrategia económica y política está desatando contra la población. En realidad, lo que hay es una guerra antes oculta y ahora evidente contra los pobres, disfrazada de “guerra al narco” y de “reformas estructurales”.

Lo acaecido en Iguala es la otra cara de las reformas estructurales promovidas por la gerencia del país y el capital trasnacional. Es la violencia desatada por los últimos gobiernos del neoliberalismo que ya ha cobrado más de 150 mil muertes entre desaparecidos y asesinados, además de cientos de miles de víctimas “colaterales”. No se puede despojar a la nación de sus bienes comunes más que en medio de la violencia.

La elección de las víctimas los estudiantes de la Normal Rural de Ayotzinapa no fue accidental. Tampoco la forma en que previamente se les criminalizó para luego masacrarlos, torturarlos y desaparecerlos. La elección de Julio César como mensajero del terror tampoco fue casual, ni la tortura y la técnica de mutilación con que lo ejecutaron.

La matanza de normalistas de Ayotzinapa es una lección ejemplar dirigida a quienes se atreven a disentir y protestar. Es la apuesta del partido de la guerra, el capital trasnacional y sus sirvientes políticos, para cancelar toda alternativa pacifica de superación de la catástrofe humanitaria que padecemos. El golpe contundente, el crimen de Estado, es contra Ayotzinapa; pero es también contra toda la Federación de Estudiantes Campesinos de México, a la que pertenecen los alumnos de la Normal Rural Isidro Burgos. El mensaje dicen dirigentes de la Federación es que como normalistas rurales dejemos de luchar. Que si seguimos reivindicando una educación crítica y realizando las actividades que como FECSM realizamos, eso nos va a pasar. Y de manera más amplia, es un mensaje para quienes se oponen a las llamadas reformas estructurales, a las mineras, a los megaproyectos; el mensaje es que los activistas podemos terminar así y que, mediante el terrorismo de Estado, esos intereses terminarán imponiéndose.

Las agresiones a la FECSM llevan muchos años. El recuento es abrumador. Va desde el recorte presupuestal para estas escuelas, el abandono gubernamental deliberado, los cambios a los planes de estudio, la represión académica por sus actividades políticas, el cierre violento de normales y la criminalización de sus movilizaciones, hasta la detención arbitraria y los casos de tortura, desaparición forzada y ejecución extrajudicial.

La tortura ha tomado tales proporciones que se ha convertido ya en un instrumento de gobierno. Uno que no debemos ignorar. Las técnicas de tortura son enseñadas, mecanizadas y se exportan de un país a otro. Hay un aprendizaje de la tortura, un entrenamiento en ello y los torturadores expertos van ofreciendo sus servicios de capacitación de un gobierno opresor a otro ¿Dónde habrá aprendido a desollar el canalla que le robó el rostro a Julio? La tortura generalizada es un asunto político y económico, no solamente psicológico, no es una patología de algunos individuos, sino un recurso brutal de control político.

La mañana del 27 de septiembre de 2014 el ejército “encontró” el cadáver de Julio César. Las fotografías, con la piel del rostro cuidadosamente disecada, fueron subidas a internet no se sabe ni se investiga por quién. Lenin, su hermano, fue el primer Mondragón en verlas. Alguien le avisó, corrió a la computadora y vio la imagen de la muerte. Marisa, su compañera, relata su impresión cuando vio la foto; pronunció la frase que le da título al presente relato. La foto capturó la imagen de un cadáver desollado. Internet la difundió. Quien hizo todo eso, tenía la intención de que allí se quedara, como uno de esos recuerdos inolvidables, como una advertencia de lo que está por venir. La función política de la tortura: miedo. Los colgados en los puentes, los descuartizamientos, la disolución en ácido ya no son suficientes. “La nueva forma de matar en México”, dice una entrada del Blog del narco al referirse al caso de Julio.

La clave para conocer la verdad declaró alguien está en los elementos del Ejército Mexicano. La prohibición al Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes de entrevistar a los militares del 27º Batallón de Infantería de Iguala, apoyada por empresarios de muchos quilates, es prácticamente una confesión.

El GIEI adelantó que en el cuerpo de Julio César se descubrieron muchos más traumas que los que constan en la autopsia original, firmada por un “médico” adscrito a la Secretaría de Salud de Guerrero, quien atribuyó la muerte a un trauma craneal y el desollamiento del rostro a que la cara del muchacho fue “comida post mortem por fauna del lugar”. La red de complicidades del Estado capitalista, la urdimbre con la que se protegen entre sí los perpetradores pues, es compleja, Es como un cuchillo que no corta su propia empuñadura, por eso la impunidad es total. Sin embargo, las y los normalistas y sus familiares la están confrontando.

La sevicia, como crueldad extrema, como acción para imponer sufrimiento y transmitir un mensaje aterrador, se hizo presente en los crímenes de Iguala, en particular en el cuerpo del joven estudiante mexiquense Julio César Mondragón. Una acción que tiene la intención de que la sociedad pase del miedo al terror; que pretende no sólo paralizar y generar incertidumbre, sino destruir los valores de la comunidad, de la familia de la víctima. Es sólo un episodio de una guerra larga y cruenta, pero que queda en la memoria colectiva como caso emblemático, símbolo del extremo al que puede llegar la violencia como demostración de poder. El caso de Iguala, concretamente la tortura y ejecución extrajudicial de Julio César por uniformados el 26 de septiembre de 2014, significó un salto cualitativo en la naturaleza del hecho violento. Es una acción de sevicia inscrita en el marco de la guerra sicológica. La imagen colocada en las redes sociales (¿quién colocaría allí una foto tomada por un funcionario de la PGJ?) representa otra dimensión del terror, no sólo de lo que hicieron los agresores, sino de lo que son capaces de hacer. Lo que se aprecia es que quien lo hizo, lo sabe hacer. Y que al dejar expuesto el cuerpo se quiso mandar un mensaje.

Ante la mentira, la simulación, la impunidad, la continuada represión y la retraumatización, Marisa Mendoza Cahuantzi, viuda de Julio César Mondragón Fontes denunció valientemente: Somos nosotros, quienes estamos investigando, quienes hemos impulsado el esclarecimiento de los hechos al lado del Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes de la Comisión Interamericana y del Equipo Argentino de Antropología Forense. Fuimos nosotros los que decidimos la exhumación de Julio César para saber qué fue lo que ocurrió con él esa noche del 26 de septiembre de 2014 en Iguala y es ahora a nosotros a quienes castiga el Estado por esta osadía. Denunciamos la nula sensibilidad y falta de compromiso con la justicia y con la verdad del Tribunal Superior de Justicia del Estado de Guerrero, de la Fiscalía General del Estado de Guerrero, de la Procuraduría General de la República y del presidente Enrique Peña Nieto.

Recientemente, cuando el GIEI destapó la “mentira histórica”, Marisa declaró: Si antes todos ustedes – señala a los medios presentes en la conferencia – difundieron la mentira histórica del gobierno, ahora que se comprueba que es falsa, tienen el deber de que se difunda. Es lo que queremos. El gobierno nos ha dañado, nos ha mentido. Primero señalándonos fosas, luego señalando el basurero. Son 16 meses de angustia, 16 meses de mentiras. Ahora más que nunca tenemos fe y certeza de encontrar con vida a nuestros hijos. Vamos a continuar hasta encontrarlos, pero mientras tanto, exigimos que se castigue a todos los funcionarios públicos que sostuvieron esta mentira.

Y es que desde agosto pasado al día de hoy, la defensa del caso ha realizado más de 30 viajes a las ciudades de Iguala y Chilpancingo, en Guerrero; a Jalapa y Jalacingo, en Veracruz; a Toluca y Tenancingo, en el Estado de México. Son incontables las reuniones, escritos, llamadas y visitas realizadas para que las autoridades de los tres Poderes de la Unión redacten y envíen los documentos que les corresponden. A su tiempo publicaremos los malos tratos, incapacidades e incompetencias de quienes han tenido en sus manos el caso de Julio César Mondragón. Esto no recae en el ámbito de lo anecdótico, es muestra de la ineficacia del Estado Mexicano y la revictimización que practica contra las familias lastimadas. Es grave, sobre todo cuando públicamente han reiterado que en este caso ponen su máximo esfuerzo y recursos para alcanzar la justicia. *

Cosa de interpretaciones: lo que parece ineficiencia, impuntualidad, atención insensible, es parte de la guerra; humillación para tratar de desmoralizar al enemigo del Estado. Pero como se mira y admira los normalistas, sus familiares y aliados resisten y responden.

Marisa fue una de los familiares que se reunió con el presidente Enrique Peña Nieto y le exigió “que no debería desentenderse de Julio César, porque a él lo desollaron vivo y esa es una tortura extrema. Un crimen contra la humanidad”, poniéndole la información sobre la mesa mientras el fulano miraba para otro lado.

“Presidente así, a secas le espetaron: No confiamos en sus instituciones y en su gobierno, que dolosamente buscaron engañarnos, pero el anhelo de abrazar nuevamente a nuestros hijos hoy nos hace estar aquí para exigirle una vez más que los encuentre, que los encuentre ya. Mientras que no conozcamos con pruebas irrefutables el paradero de nuestros hijos; mientras las víctimas no seamos tratadas con dignidad; mientras los asesinos no sean detenidos y castigados; mientras los narcopolíticos sigan gobernando; mientras no haya verdad, nuestra legítima búsqueda de justicia marcará su administración y a su nombre se asociará el de Ayotzinapa como símbolo de la impunidad y la corrupción que reina en el país. Mientras no sepamos dónde están nuestros hijos, nuestro grito seguirá resonando en todo el país.” Siguen ocho exigencias esenciales de familiares de desaparecidos. De estas ocho peticiones el gobierno no se comprometió a cumplir ninguna. De manera unilateral presentó seis compromisos que no son sustantivos.

Aunque este relato ya se prolongó bastante, vale la pena dar cuenta de lo siguiente:

La familia Mondragón y Marisa Mendoza formalizaron la petición de identificar al cadáver mediante la prueba de ADN. Pasaron dos meses antes de poder realizar la exhumación en el pequeño cementerio al pie del cerro de San Miguel Tecomatlán, en el estado de México. Cerca de las ocho de la noche de ese 4 de noviembre, en un pequeño salón de la planta alta de las instalaciones de la PGR, los familiares pusieron un pequeño altar para Julio César. Ahí permanecieron la madre, el hermano, los tíos, la compañera y su pequeña hija, acompañando a la distancia el proceso que durante cuatro días escudriñó los restos del muchacho desollado. Symes, el experimentado forense, quien ha trabajado en más de 200 casos de desmembramientos y más de 500 casos de muerte por armas punzo cortantes, se reunió con ese compacto grupo familiar. Conmovido, les dijo que nunca, en su larga carrera, había visto tanto amor por una víctima. Refiere Marisa: Decidimos ese camino doloroso; la renecropsia, el ADN. Queremos tener certeza sobre qué fue lo que pasó. Después lo volveremos a enterrar y yo me quedaré tranquila. No me quiero quedar enojada con Dios. No quiero que Julio siga estando solo en ese congelador sin que le pueda llevar un ramo de flores.

La familia tuvo que esperar casi 3 meses con Julio en un refrigerador, para poder volverlo a sepultar, no sin antes haber realizado un plantón de denuncia con un féretro vacío junto con diversas organizaciones civiles y familiares frente a la PGR.

En cuanto a la resistencia y al trabajo informativo, sería prolijo y repetitivo relatar las conocidas experiencias de las caravanas nacionales e internacionales, así como la solidaridad recibida por los pueblos organizados. Finalmente, es importante señalar la lucha de otros sectores de la FECSM, en Chihuahua, Morelos, Hidalgo, estado de México y Michoacán. La presencia de delegaciones de padres y alumnos de la Escuela Normal Rural Isidro Burgos en Naciones Unidas, en el Parlamento Europeo, ante el Sistema Interamericano de Derechos Humanos y la Convención Interamericana para Prevenir y Sancionar la Tortura, han tenido un impacto inusual, habiendo causado el desprestigio internacional del gobierno mexicano.

Mucho les debemos a los normalistas de Ayotzinapa, a sus familiares y a la FECSM. Nos han mostrado el camino para superar el miedo, la solidaridad, sus miras al futuro, sus estrategias, su tenacidad y su heroísmo cotidiano.

A nuestros muertos – dicen – no los enterramos, los sembramos para que florezca la libertad.

Ayotzinapa vive, vive, vive… porque

mientras la pobreza exista, las Normales Rurales tendrán razón de existir

Ricardo Loewe

Febrero de 2016.

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