Y sin embargo… se mueve. De esperanzas desolladas y futuros posibles.


Por: Sandra Celis

La rebelión consiste en mirar una rosa hasta pulverizarse los ojos.

Escribir el nombre de Julio César y evocar su imagen me enchina la piel. Y es que él conlleva, invariablemente, a una palabra terrible y atronadora… Desollado. Porque la primera vez que lo vi(mos) fue con la piel del rostro -y las esperanzas- arrancadas; con un cuerpo tenso, tirado en la acera y con marcas de haber pasado por una agonía sin precedentes, producto de la más terrible, y particularmente vil, forma de tortura.

Fauna nociva, dicen. Eso nos quieren hacer creer a todos los que nos estremecimos ante la imagen de Julio César. Eso nos quieren hacer creer a los jóvenes para quienes hay un antes y un después de Ayotzinapa; a los cientos de miles que salimos a las calles enmudecidos o gritando, pegando o sanando, corriendo o caminando, rompiendo y rompiendo, con la rabia a flor de piel pero con todas las limitaciones de nuestra época histórica.

Y es que ahí está el punto fundamental: Ante tantas limitaciones de la lucha social en México, entre apatía y desesperanza, ¿cómo fue que se desató la rabia tras lo sucedido en Iguala? Para indagar en torno a esta pregunta, hay cientos de elementos que habría que tomar en cuenta; habría, incluso, que hacer un balance de época [1] para que nos clarificara respecto a los flujos de la lucha social, y echar luz sobre los aspectos más importantes en la correlación de fuerzas entre sociedad civil explotada y clase dominante, nacional e internacional.

Sin embargo, y a falta de una indagación más profunda en estas líneas, podemos poner dos puntos sobre la mesa: i) Que un antecedente inmediato de Ayotzinapa fue el clima de descontento con el que llegó Peña Nieto al poder –lo cual está mediado, a su vez, de otra serie de descontentos previos y que propulsaron otras luchas-; en dicho clima se desató el movimiento #YoSoy132, que aglutinó a jóvenes de las más diversas universidades bajo una misma lucha, si bien no de manera homogénea, pues se dividían entre “radicales” y la así llamada “moderada.” Sin embargo, y este sería el punto ii), esto no basta para comprender cómo se desató una coyuntura en apoyo a las Normales Rurales, escuelas de las cuales poco se sabía y que, más bien, eran blanco de ataques por parte de los medios masivos, constituyendo un objetivo fácil de criminalizar por pertenecer al sector campesino y por ser “cuna de guerilleros”, así como un supuesto “negocio de insurrección” (La Crónica, 05/10/2014).

Así las cosas, y pese a haber en la historia reciente otras coyunturas que movilizaron a una gran cantidad de jóvenes, es difícil comprender cuales fueron los elementos que se combinaron en la explosión de indignación que supuso Ayotzinapa. Los más diversos analistas, académicos e intelectuales, así como militantes y activistas de izquierda, intentamos comprender cómo era posible que un torrente de personas llenara el Zócalo durante más de cinco horas consecutivas durante la movilización del 26 de noviembre del 2014. En todas las hipótesis se combinaban elementos políticos, económicos, geográficos, sociales; sin embargo, nunca alcancé a ver uno que hablará del impacto de las imágenes. Creo, y por ello empecé evocando a Julio César Mondragón, que mucho tuvo que ver su fotografía circulando en los medios. Nada ha sido más impactante que verle yaciendo ahí, inerte en la tierra, con su mano en el vientre descubierto.

No pretendo desestimar los análisis ni dar por supuesto nada. Como mencioné más arriba, es fundamental un balance de época para comprender los flujos de la lucha actual. Sin embargo, me resulta inquietante que poco o nada se haya tomado en cuenta el poder de las imágenes en un suceso como el de Ayotzinapa. Para mi, la fotografía de Julio César fue un elemento de tantos que desataron la indignación, sobre todo a nivel metropolitano, y esa indignación fue el ingrediente más importante de la movilización. En un país donde la violencia se ha vuelto tan cotidiana –pero se siente tan ajena-, donde 43 desapariciones no tenían por qué horrorizar, donde irradia no sólo la apatía, sino incluso los sentimientos más conservadores y racistas o, a lo sumo, liberales y progresistas, ¿qué pasó?

Mi hipótesis es que la imagen demostró una vez más su poder. Es verdad que diario se publican en los periódicos las fotografías más sangrientas, pero ello no hace sino hacer este caso todavía más inédito. La imagen de Julio César llega a lo innombrable, a lo incognoscible, a lo inadmisible. La imagen de Julio César, pese a ser una más de tantas, rebasó los límites de lo concebible. Sin embargo, atiendo más que nada a un sector específico de la sociedad, que se constituye en su mayoría de jóvenes –estudiantes y trabajadores-, y que radica en las ciudades, que fueron quienes se sumaron a las ya de por si multitudinarias protestas y actos de solidaridad de sectores ya movilizados.

La utilización de la imagen conlleva –sobre todo desde un sentido común dominante-, un dilema ético y moral respecto a cómo la utilicemos. Muchos dirán que no deberían salir a la luz fotografías tales. Sin embargo, esto no es un dilema ético para la familia de Julio César, pues saben bien que el legado de lucha que él ha dejado no sería el mismo si no hubiese despertado la indignación su rostro desollado. Así, lo terrible que supone la publicación de ciertas imágenes, se convierte en algo necesario, sobre todo cuando se nos bombardea desde los medios masivos con el mismo grado de violencia y ello comienza a ser admisible. Es terrible, sí, pero hoy día se justifica el publicar o hacer circular estas imágenes cuando fungen como transmisores de indignación y cuando guardan una memoria porque, de otra manera, no sería sino el Estado el único que ostentase el poder de aterrorizar a través de la imagen, logrando que sus mensajes de horror sean enviados vía los medios de comunicación masiva junto con mensajes ultraconservadores del estilo del recién fallecido Luis González de Alba, típico transmisor de la reacción más repugnante.

Por ello, la imagen, en este caso la fotografía, no implica sólo al individuo fotógrafo, sino a su quehacer social. Hay que decir, entonces, que la deshumanización no está en el acto de publicarlas, sino en el hecho de que ya no despierten nada en nosotros. He ahí lo valioso en que, del horror ante el cuerpo desollado, surjan destellos de indignación colectiva; ver que, pese a la normalización de la violencia, aun no estamos a un grado deshumanizados como para que no nos remueva las entrañas la fotografía de un joven torturado, como Julio César. Es esperanzador porque de aquel joven no se sabía si era normalista, si era trabajador, si era padre, hermano, esposo… de aquel joven no importó su origen o condición, pues lo importante fue que nada, absolutamente nada, justificaba lo que le habían hecho.

La fotografía y otros medios audiovisuales resultan, por ello, elementales en el planteamiento de una lucha contra el terror. Porque el caso de Julio César y de los normalistas es inédito y constituye la instrumentalización del terror por parte del Estado y el capital -no es que ellos lo decidan, sino que son ya una construcción político-social donde se condensa ese terror y desde donde se opera dicha instrumentalización-. Así, nuestra época está marcada por decisiones políticas y económicas en las que subyace la necesidad de machacar nuestra resistencia; con la aplicación de las desapariciones, la tortura, el allanamiento, los feminicidios, y otras múltiples formas del terror, es como el Estado puede seguir ejerciendo el poder político y el capital puede superar sus crisis.

De todas estas formas, las desapariciones forzadas son las más efectivas para quebrantar la lucha, pues éstas no son sino el borramiento total de la memoria y el ser. Así, esto irradia en todos y cada uno de nosotros que, aterrorizados e inmovilizados, no hemos sido capaces de superar tal situación. Cuando pensamos que no podría haber mayor despliegue del terror, nos enteramos de otra masacre, de otra detención, de otra desaparición o de otro asesinato. Por eso, el caso de Julio César es tan sui generis, como un detonante de la movilización en un sector que yacía dormido.

Y sin embargo, Ayotzinapa parece estar desvaneciéndose entre otros muchos momentos álgidos de la lucha social en México. Cabe preguntarnos entonces, ¿qué sigue?

La necesidad que nos impone la crisis (económica, social, epistémica), nos conduce a tener que tomar una posición. Es menester rescatar, entonces, los espacios en los que se inscriba aquello que pretende ser borrado. Espacios donde se pueda preservar la memoria, pero en donde se luche porque no se tenga que preservar la memoria del terror, en medida de que ese terror ya no exista. Espacios donde recreemos todo aquello que juega un papel contradictorio en nuestra realidad, pero que pueda, potencialmente, estar del lado de los explotados y no de los dominadores.

Exige también que aquellos sectores mencionados de jóvenes estudiantes y trabajadores de las ciudades, que no mantienen arraigo con tradición de lucha alguna y que, peor aun, se hallan prejuiciados por lo que se les presenta en la realidad como “política”, “democracia” o “izquierda”, vean la necesidad de organizarse contra la violencia. Que hagan conciente que lo que sucedió a Julio César y lo que vivimos día con día en las ciudades –falta de trabajo, exclusión de la educación, adicciones… en fin, todo nuestro futuro incierto-, son elementos violentos de un mismo terror.

Si no nos pensamos como sujetos portadores de una tradición, y de una responsabilidad para con nuestro presente, no habrá solución posible a la catástrofe civilizatoria, ni podremos ni siquiera preservar la memoria colectiva de quienes ya no están –o que no sabemos si aun están-. Entonces, la fotografía, la palabra, ¿a dónde van a parar? ¿Serán sólo la mecha que encienda la indignación? ¿O esa indignación pasará a otra fase? Se presenta así que la única forma de detener la masacre es la organización; la generación de espacios donde confluyamos, donde podamos producir y reproducir nuevos significados, alejados del sentido común hegemónico. No dar por supuesto que basta una fotografía, que basta un artículo, que basta un huerto en nuestra azotea, porque no es así. Esta época que nos tocó exige que incluso el pensamiento crítico, al que tantas tradiciones hacen alusión –entre ellas el EZLN-, sea reivindicado, que lo apre(h)ndamos, que sea objeto de estudio, pero no por ello abstraído de nuestra realidad. El pensamiento y el discurso crítico sólo pueden estar ahí donde también hay una práctica política.

Y ahí donde haya una práctica política crítica es donde podrán confluir todas las armas –discursivas, audiovisuales, artísticas-, que podamos desenfundar contra está violencia inédita. El llamado es, pues, a que miremos una rosa hasta pulverizarnos los ojos.

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Dedicado a Julio César Mondragón, ese rostro desollado de la patria [2]
Fuiste la chispa que prendió una pradera gris, sin la cual no hubiera resonado en todo el mundo ¡Vivos se los llevaron, vivos los queremos! Como reza una pancarta: Te quitaron el rostro, pero hoy los que marchamos somos tu cara nueva. Seguir luchando, cuando ha pasado tanto tiempo y tu imagen se va desvaneciendo, es una responsabilidad histórica.

En este artículo se condensan pláticas y balances hechos con miembros del Colectivo Ratio, organización sin la cual los últimos párrafos de este artículo no podrían generar eco alguno. Gracias también a Amílcar Nevárez Fernández, por una plática enriquecedora que echó luz sobre la necesidad de escribir estas líneas.

[1] Retomamos la idea de los apuntes de Raquel Gutiérrez Aguilar, en el texto Épocas históricas y tradiciones de lucha en México, 2do cuaderno del Seminario “Entender la descomposición, vislumbrar las posibilidades”. En él, Raquel Gutiérrez apunta la necesidad de un balance de época.La condición de la posmodernidad, D. Harvey
En defensa de la intolerancia, S. Zizek
16 Tesis de Economía Política, E. Dussel

[2] Rivadeo, Ana María. Palabra y violencia: sobre una epistemología del terror, revista En el Volcán, no. 5, México, 2012.

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En esta sección publicamos textos de personas solidarias que nos hacen llegar sus pensamientos, análisis, sentimientos y cualquier contribución que pueda ser publicada. Les agradecemos infinitamente a quienes nos las han enviado y a quienes nos leen.

Las colaboraciones no reflejan la postura formal del Colectivo El Rostro de Julio.

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